Por Felixa V. de Kunkle
La oración es uno de los dones más grandes que Dios ha dado a su pueblo. No son simplemente palabras lanzadas al aire, sino una conexión viva con el Creador del cielo y la tierra. A través de la oración abrimos nuestros corazones a su presencia, llevando delante de Él nuestra gratitud, luchas y peticiones. Es en la oración donde nos acercamos al Señor y alineamos nuestra voluntad con sus propósitos.
Jesús mismo modeló esta vida de oración. Oró para que el Reino de Dios se acercara y para que el poder del Espíritu Santo fuera derramado. Sus discípulos fueron testigos de ese poder y, en lugar de pedirle que les enseñara a predicar o dirigir, le rogaron: “Señor, enséñanos a orar.” Con frecuencia, la iglesia olvida la fuerza de esta herramienta—hasta que la usamos y vemos su efecto transformador.
Para la comunidad de fe, la oración sostiene la unidad y fortalece la comunión. Cuando los creyentes se unen en oración, llevan las cargas de los otros e invitan al Espíritu de Dios a moverse entre ellos. A lo largo de la historia, la oración no solo ha animado a individuos, sino que ha transformado naciones enteras. La oración es esencial—no opcional—para nuestro caminar personal, para la misión de la iglesia y para el avance del reino de Dios.
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